GESTIÓN DE RIESGOS PETROLEROS EN MÉXICO: LECCIONES QUE DEJAN LOS GRANDES DESASTRES Y DERRAMES

Un derrame de hidrocarburos puede comenzar con una fuga casi invisible y terminar contaminando ecosistemas, paralizando comunidades pesqueras y generando pérdidas económicas durante años. Los siniestros petroleros ocurridos en México demuestran que la diferencia entre una contingencia controlable y un desastre de grandes dimensiones reside en la gestión integral de riesgos antes, durante y después de la emergencia.

La habitual vida de las costas del Golfo de México se interrumpió a mediados de febrero de 2026, cuando pescadores de Veracruz y Tabasco comenzaron a notar un brillo aceitoso sobre las olas y un penetrante olor a petróleo. Pero lo que el gobierno federal catalogó inicialmente como un vertimiento, imágenes satelitales obtenidas por Greenpeace revelaron que se trataba de una mancha masiva que se había gestado el 7 de febrero de 2026, cuando al sitio llegó el buque Árbol Grande contratado por Petróleos Mexicanos (Pemex) y durante ocho días permaneció sobre el ducto OLD AK C, coincidiendo con el origen de la fuga de hidrocarburos que, para el 19 de febrero, alcanzaba una mancha de casi 300 km².

Para cuando Pemex reconoció oficialmente su responsabilidad y el Gobierno de México ordenó al Grupo Interinstitucional iniciar una investigación exhaustiva para esclarecer el origen del derrame de hidrocarburo en el Golfo de México en abril de 2026, el desastre ya era inmanejable. Y es que el chapopote ya había cubierto unos 630 kilómetros de costa, desde Tabasco hasta Tamaulipas

El impacto ambiental del siniestro fue brutal porque el crudo asfixió ecosistemas críticos de manglares y arrecifes, provocando la muerte de especies marinas protegidas. En lo social y económico, el derrame coincidió con la temporada vacacional de Cuaresma, arruinando la pesca y el turismo local, y dejando a cientos de familias sin su sustento básico.

MÉXICO: UNA POTENCIA PETROLERA EXPUESTA PERMANENTE AL RIESGO

La industria petrolera ha sido durante décadas uno de los pilares económicos y estratégicos de México. Sin embargo, la extracción, transporte, refinación y almacenamiento de petróleo crudo y gas natural representa también una alta concentración de riesgos que exponen constantemente tanto los activos físicos de las empresas operadoras como el entorno ecológico y la seguridad de las poblaciones colindantes.

En el día a día, la operación del sector está expuesta a dos grandes categorías de amenazas:

  • Riesgos naturales: Huracanes, tormentas, inundaciones, deslaves, marejadas ciclónicas y otros eventos extremos pueden dañar plataformas, terminales, instalaciones industriales y sistemas de transporte.

Riesgos antrópicos: Son causados de forma directa o indirecta por la actividad o el error humano, y abarcan desde fallas técnicas y obsolescencia de equipos hasta negligencia operativa, pasando por sabotajes y robos como el denominado “huachicoleo”.

LOS PRINCIPALES DESASTRES PETROLEROS EN MÉXICO: CRONOLOGÍA DE DAÑOS Y LECCIONES

El derrame ocurrido en el Golfo de México este febrero no es un episodio aislado. La historia de la industria petrolera nacional está marcada por siniestros que han provocado muertes, contaminación ambiental, afectaciones económicas y conflictos sociales.

  • Derrame en el Río Pantepec (octubre 2025)

El 17 de octubre de 2025, intensas lluvias originaron un deslave de tierra que colapsó un oleoducto de Pemex en Veracruz, provocando un derrame de crudo que contaminó un tramo de más de 8 kilómetros del Río Pantepec. Pese a que autoridades ambientales y operativas extrajeron más de 345,000 litros de agua y sedimentos mezclados con hidrocarburo en las semanas subsecuentes, se produjo una severa contaminación de las aguas y una afectación directa al ecosistema fluvial del río.

  • Derrame de los Campos Ek Balam (julio 2023)

Ubicados en la Sonda de Campeche, estos campos marinos registraron una fuga que provocó el vertido de 217,000 litros de crudo. La mancha cubrió 467 kilómetros de litoral, causando un daño en arrecifes, tortugas y delfines, una prolongada

suspensión de la actividad pesquera en Campeche, y una caída del turismo local por contaminación estética de las playas.

  • Incendio “Ojo de Fuego” (julio 2021)

La fractura de un ducto submarino a 80 metros de profundidad liberó gas natural que, al entrar en contacto con tormentas eléctricas en la plataforma Ku-Charly, generó un voraz incendio de cinco horas visible sobre la superficie marina. También se registró una elevación exponencial de dióxido de nitrógeno y daños directos en los arrecifes de coral de Campeche, así como alertas masivas por intoxicación en estados costeros.

  • Explosión de Tlahuelilpan, Hidalgo (enero 2019)

Un derrame de combustible derivado de la perforación ilegal de un ducto provocó una explosión masiva e incendio de grandes proporciones, liberando gases altamente nocivos y calcinando el suelo agrícola cercano. El siniestro causó la muerte de más de 130 personas, decenas de heridos graves y una crisis que obligó a reconfigurar la estrategia federal contra el robo de combustibles.

  • Fuga en Delta del Río Tonalá  (noviembre 2014)

Una fuga de ductos contaminó una franja de 9 kilómetros de un río fronterizo entre Veracruz y Tabasco, destruyendo ecosistemas vírgenes de manglares. Su impacto fue la pérdida absoluta de los cultivos ribereños y la movilización de miles de pescadores exigiendo indemnizaciones ante la respuesta tardía de Pemex para limpiar la zona.

  • Accidente de la plataforma Usumacinta y el pozo Kab-121 (octubre 2007)

El paso de un frente frío desencadenó fuertes condiciones marítimas en la Sonda de Campeche. La plataforma Usumacinta impactó la infraestructura del pozo Kab-121, causando una fuga de petróleo y gas que provocó la muerte de 22 trabajadores.

  • Derrame en el pozo Ixtoc 1 (junio 1979)

Considerado por Cenapred como “el mayor derrame de petróleo en el mar ocurrido en México”, el derrame vertió 560 millones de litros de crudo tras una falla operativa en la perforación profunda del pozo Ixtoc 1. El incendio duró 280 días, provocando un daño irreversible a los ecosistemas de la Sonda de Campeche, colapsando pesquerías de Campeche, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas, y alcanzando también zonas de Texas.

GESTIÓN INTEGRAL DE RIESGOS PETROLEROS

El manejo de los desastres petroleros requiere una acción coordinada y una gestión integral de riesgos desde tres frentes: las comunidades locales, el sector asegurador y las autoridades gubernamentales.

  • Comunidades locales: Aunque se encuentran en la primera línea de exposición, con frecuencia ocupan una posición secundaria en los procesos institucionales de toma de decisiones. Una gestión moderna de desastres petroleros debería incorporar a las comunidades antes de que ocurra la emergencia, lo que implica desarrollar mapas públicos de riesgo, sistemas de alerta temprana, protocolos de comunicación, programas de capacitación y mecanismos para reportar rápidamente fugas y derrames.
  • Sector asegurador: Regulados por la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA), operadores de plataformas marinas, transportistas por ductos, terminales marítimas y gasolineras están obligados a contratar, mantener vigentes y registrar pólizas de Responsabilidad Civil y de Responsabilidad Ambiental. Con ello se cubren los daños físicos o materiales causados a terceros y los gastos legales de defensa, y también se ampara la caracterización, limpieza inmediata de suelos y cuerpos hídricos, así como la mitigación y remediación de ecosistemas. 
  • Sector gubernamental: En la gestión de riesgos petroleros, el Estado mexicano tiene tres responsabilidades: establecer una regulación técnica y supervisar la seguridad industrial, operativa y la protección ambiental del sector; la preparación para las emergencias; y la vigilancia ambiental y reparación del daño.

Si, y solo así, podrá haber una auténtica transformación en la industria petrolera. Pero eso implica pasar de una mera gestión del desastre a una gestión proactiva del riesgo. 

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                                                                                                                                                                      Por Guadalupe Rico Tavera